Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, o Camagüey: Génesis de una villa en sus 510 Años de Fundada
La actual ciudad de Camagüey cuenta con una historia de origen, cuanto menos, dinámica. El tinajón, elemento que identifica en sinécdoque popular a la villa, apareció allí cien años luego de nacida, pero refrescante y amistosa como se le conoce por sus recipientes de aguas pluviales, el primer siglo de infancia de la ciudad la destaca por todo lo contrario.

Acto I: La Inquieta, la Ambulante Villa Abrazada por Tierra.

La fecha por convención de la génesis de la villa de Santa María del Puerto del Príncipe se adscribe al 2 de febrero de 1514 en la actual Nuevitas, específicamente en la zona donde el concilio popular atribuye a Cristóbal Colón plantando una cruz el 18 de noviembre de 1492, poco después de su arribo a Cuba.

Con el arribo de más familias españolas a la villa, emergió la precariedad de agua y tierras para el cultivo, tal que los habitantes resolvieron en mudar hospicio, emprendiendo una nueva migración en 1526 a terrenos más prósperos. Luego de un comienzo indeciso, al culminar el tercer emplazamiento en 1530, quizás suspiraban sus fundadores, en esta iba la vencida, y quedó así instalada la villa en la región que hoy ocupa, tierra adentro en la panza del caimán que por isla decidió truncar su suerte. Sin embargo, restaba un último desplazamiento, uno producto de la hibris colonizadora y de un ciclo recursivo de violencia que definiría los límites de la ciudad.

Por el momento, con el aval del heraldo y el regidor de la isla en aquel entonces, a nombre del rey, bajo un cielo de dios católico, necesitada de poderes mayores para legitimarse una comunidad toda ante un medio todavía agreste, extraño y poblado ya en instancia previa por otros inquilinos, el Ayuntamiento, cruz, corona y sable mediante, aplicó la política correspondiente a los tiempos.

Acto II: Hostilidad Desatada. La Villa Donde Nadie Ha de Quedar Dado.

Necesitada la recién nacida villa de mano de obra para asistir en las labores agrícolas y ganaderas, las familias y autoridades españolas vieron en sus vecinos siboneyes un instrumento y poco más. Refiere el artículo Fundación de Camagüey en el portal digital Memoria de La Habana:

“En Caonao los españoles se apropiaron de los mejores bohíos, y haciendo uso de sus armas superiores, Diego de Ovando comenzó a repartir a los indios entre los vecinos de la villa en las famosas encomiendas. Al encomendero, a cambio de convertir a los indios al catolicismo, se le otorgaba control absoluto sobre sus vidas.

“Unos 3,000 siboneyes fueron distribuidos, entre 100 a 300 indios por vecino, según el linaje y posición de cada vecino. A los siboneyes se les forzaba a plantar yuca, maíz, tubérculos, caña de azúcar, algodón y otras frutas. Los españoles hicieron corrales para el ganado, y se dedicaron a buscar oro en los arroyos y ríos cercanos. En menos de un año volvieron a construir el ayuntamiento, la iglesia, la tenencia y otras viviendas.

“El ganado -especialmente los puercos- se multiplicó debido al abundante palmiche, el fruto de las palmas. No satisfechos con ese estado bucólico, los vecinos les exigieron a los indios más trabajo y comenzaron a maltratarlos.

“Muchos siboneyes entonces se escaparon a los montes y los encomenderos los perseguían con perros rastreadores. Este abuso llevó a los indios a sublevarse en enero de 1538. En la hacienda Saramaguacán los siboneyes atacaron a los encomenderos y mataron a siete de ellos.

“Uno de los encomenderos logró escaparse y llevó la noticia a Caonao. Entonces Diego de Ovando, que había sido nombrado teniente Gobernador, volvió a la hacienda con 20 hombres y encontró la hacienda destruida y los españoles muertos. El 5 de enero de 1538, los siboneyes atacaron la villa pero fueron repelidos por los españoles que los estaban esperando. Cientos de indios murieron en ese ataque.”

Acto III: Legado del Cacicazgo de Camagüey.

A esta ronda de represalias y contragolpes entre uno y otro bando de pobladores correspondió la victoria siboney por vía del fuego, un elemento que en sucesivos acontecimientos de marcada importancia se imbricaría en el gen de las tierras orientales de la isla. El artículo mencionado precisa: “Los siboneyes entonces procedieron a quemar la villa y los vecinos se vieron forzados a abandonar Caonao y huir al cacicazgo de Camagüey, situado cerca del Río Tínima, cuyo cacique, Camagüebax, tenía relaciones cordiales con los españoles.”

“El 6 de enero de 1538, al mediodía, después de marchar toda la noche perseguidos por indios hostiles, los españoles finalmente llegaron a Camagüey. Allí el cacique Camagüebax los recibió generosamente y les dio tierra para construir sus viviendas al este de su cacicazgo. De esa forma se estableció por última vez la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe.

“El centro de la villa se designó trazando una línea recta entre los ríos Tínima y Jatibonico. A mitad de la línea se puso una gran cruz que se había traído de Caonao con la campana de la iglesia. Pronto se terminaron todos los edificios oficiales, y esta vez el ayuntamiento fue construido rodeado de una palizada y foso como protección contra futuras rebeliones indias.”

A pesar de la hospitalidad de Camagüebax, las atrocidades de algunos colonos españoles conllevaron a más confrontaciones y el eventual exterminio de la ya exigua población india en el país, que menguó cada vez más ante las sucesivas olas migratorias de la metrópoli a la colonia, el recrudecimiento del trabajo esclavo, la proliferación de enfermedades traídas de Europa como la viruela, a la cual los sistemas inmunes de los descendientes arahuacos eran ajenos, entre otros factores como la incapacidad de ellos para adaptarse a las pobres condiciones de explotación crítica sumado a la conversión forzada a una cultura y religión –amén de virtudes y valores evidentes– asociadas a la misma mano extraña que los azotaba.

Pero el genocidio indio no resultó en modo alguno motivo de escarmiento, comprensión o la tan venerada penitencia. Era la hora del remix. Bien sabido es, luego de la extinción de la mano de obra india, los colonos sustituyeron esta por la fuerza y el temple de los pueblos subyugados del África profunda. Y de esta fuerza de carnes y temple hay mucho que decir, porque “(…) para 1534 había 100 españoles viviendo en Camagüey. Además, existían muchas uniones ilegítimas de españoles con indias, mestizos e indios con negras, y de negros esclavos entre sí”.

Ahora con un nuevo componente étnico y cultural, uno que también entraba por la vía del abuso y el despojo de su dignidad, nada menos era de esperar que de algún modo se contagiaran los nuevos residentes de la rabia aborigen. En 1616, cuando la población de la villa rondaba los 1500 parroquianos según actas de la época, indios fugitivos y esclavos cimarrones procedentes de Trinidad y Sancti Spíritus iniciaron otro fuego que llevaría la localidad a las cenizas.

En este incendio perecieron los archivos del Ayuntamiento y la parroquia, además de una colección de arte indio y colonial reservada por Silvestre de Balboa para El Escorial en España.

Refiere el artículo cómplice que, “a comienzos de 1617, la villa se volvió a levantar.” Una línea recta conectó la antigua Plaza de Armas de la villa con el río Jatibonico. Equidistante de ambos extremos se plantó una nueva cruz. Los establecimientos claves de la administración colonial fueron erigidos nuevamente.

Concluye la viñeta: “Fue entonces que se empezó la fabricación del famoso tinajón camagüeyano, grandes vasijas de barro que se usaban para preservar las aguas pluviales.”

Que el fuego al menos ahora hallase a sus habitantes mejor preparados en aquella villa. Una villa ambulante, inquieta desde pequeña, nacida del fuego y la lucha, de los afectos y los choques entre los tres componentes primigenios de la fórmula cubana. Quinientos diez años después, la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, Camagüey, abraza su legado con todos los vicios y virtudes que le competen, con la grandeza, elegancia y resiliencia que fraguó en épocas postreras, cimentada como la ciudad cabecera de la tierra donde convergen los rostros del centro y el oriente cubanos.


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La Villa de la Santísima Trinidad Celebra su 510 Aniversario de Fundada
La Tercera Villa, en sus más de cinco siglos, es un referente a nivel doméstico y regional de esfuerzos de conservación y renacer del patrimonio.